jueves, 23 de octubre de 2014

La rutina se abrió paso...

Se miraron a los ojos. Se sumergieron en la profundidad de sus miradas y se ahogaron en la noche. 
No pasó un segundo y ella se había ido. No pasó un segundo y él despertó. Recorrió con sus manos unas sábanas vacías aún calientes. Otra vez había desaparecido. 
Otra noche llena de amor y otra mañana vacía. Y así ocurría siempre, una llamada, un "sí, claro. Me apetece mucho", y el rollo de las miradas y la profundidad de la noche. 
Tenía la sensación de vivir todos los días lo mismo, como si fuese un juego macabro del destino. Mil veces se había planteado no llamarla, por si acaso ella lo hacía por si por alguna razón ella pensaba en él de la misma manera que él pensaba en ella. 
Harto, cansado de jugar, no descolgó el teléfono para verla. Aguantó, aguantó horas, se fue a acostar sin llamarla y en la cama no se pudo sentir más solo. El otro lado estaba frio y vacío, y él, más solo que nunca.
Muchas horas en vela después, alrededor de las cuatro de la mañana algo chocaba contra su ventana. Se levantó de la cama y la vió muerta de frio.
Ya arriba, la rutina se abrió paso. 
Y él siguió solo. 
Otro corazón roto, otro corazón dependiente.

Atorres.

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