La noche del cuarto día, tras la cena, salió a la calle a observar la gigantesca luna llena, brillaba e iluminaba todo el valle tiñéndolo de un blanco azulado, proyectando las sombras de los árboles en el suelo. Se quedó embelesado.
Segundos después los árboles fueron sacudidos con violencia, algo estaba pasando a pocos metros de su posición. Se metió en casa cerrando tras de si todas las puertas de casa, cerró las ventanas y se sentó en el sillón esperando oír algún ruido.
Nunca fue un hombre valiente ni se avergonzaba de serlo, cualquier ruido o movimiento extraño le hacía temblar. En ese momento su cuerpo era 99% terror, 1% cordura y sosiego.
Sospechaba que alguien había en la calle, un coche en el que podría haber ladrones, o un animal, una epidemia de zombies, un tifón apocalíptico, una bestia sedienta de SU sangre, Drácula. El miedo se apoderó de su cuerpo.
En la calle sonaba el viento a través de los árboles, sonaban las hojas moviéndose, las ramas chocando...
Asustado corrió al armero, con las manos temblorosas tecleó las contraseña, dos intentos después consiguió abrirlo. Cogió la pistola que muchos años atrás le había regalado su padre y que nunca había salido de ahí. hasta esa noche.
El terror le impedía pensar con claridad. Salió a la calle armado y gritando "¡SAL DE AHÍ!". Disparó al vacío y el sonido retumbó por todo el valle. Se había vuelto totalmente loco. Disparó de nuevo envuelto en cólera, odio y miedo, y se escuchó un gemido entre los árboles, alguien había sido alcanzado por la bala. Enloqueció aún más y gritando saltó la valla que limitaba su terreno y se aproximó al lugar de los gemidos. Su paso irregular, su respiración entrecortada, y los gritos que emitía lo transformaron en una figura aterradora, de las que él se habría asustado.
Las nubes taparon la luna y el valle se oscureció... El viento paró con un tercer y último disparo, el miedo se disipó... Desapareció.
ATorres.
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