El Señor Milton vivía allí, de noche y de día. Por las mañanas saludaba sin voz y sin poder moverse a una niña pequeña que sería más o menos de alta igual que él, o un poco menos. Con unos rizos oscuros que le recordaba a su espeso pelaje, y con un vestido, que dependiendo del día, cambiaba de color a veces era azul, como el cielo, otras veces era rosa o amarillo, verde o naranja. El Señor Milton no llevaba ropa, con todo el pelo que tenía le sobraba. La niña se paraba en frente de él y balbuceando le decía "Señor Milton, hoy llueve mucho ¿no tendrá en su casita un paraguas para prestarme?" Y justo después una señora muy alta tiraba de la niña y se la llevaba del escaparate.
Un día no muy diferente al de hoy, con el mismo tiempo, en la misma ciudad, la niña pasó por el escaparate, muy sorprendida quedó cuando ahí no estaba el Señor Milton, corrió hacia el escaparate y lo escudriñó de arriba a abajo esperando a que el Señor Milton apareciera por su propio pie. Nada, ni rastro. Muy apenada volvió al lado de su madre, que la dijo que a lo mejor el Señor Milton se había mudado de escaparate, o que estaba en el cuarto de baño, o que a lo mejor no se había despertado aún.
Yendo a casa, pasó de nuevo por el escaparate, ni rastro del Señor Milton. A lo mejor se lo había llevado otra niña. Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue merendar, y cuando fue a su habitación a hacer los deberes, encontró en su cama un oso, que sería del mismo tamaño que ella, de un color marrón oscuro, tan oscuro que se confundía con el negro, una barriga del mismo color, las orejas redonditas y un hocico que terminaba en una naríz de plástico.
Atorres.
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