Ella se sentía pura, se sentía libre, nada ni nadie la iba a molestar en la isla. Después de todo lo que había pasado por fin se había acabado, se dejó caer y hundió el torso en el mar. El respirar aire puro nunca fue tan placentero. Se mojó la cara y rió, rio a carcajadas tan fuertes que una bandada de pájaros salió del interior de la jungla, gritó, nado. La libertad nunca supo tan bien.
Salió del agua cuando el sol ya se había puesto y se aproximó a su ropa, justo antes de alcanzar su camisa sintió una fuerte punzada en el abdomen, su espalda se curvó y con una mano se tocó la punta de la flecha que la había atravesado, miró hacia atrás y no vió a nadie, sintió otra punzada tan fuerte como la de antes esta vez más arriba, se manchó las manos de su sangre y a duras penas volvió al mar. Con la respiración entrecortada se hundió y dejó que la corriente se la llevara.
El mar no conoció un cuerpo más bello, y el asesino esa noche no tuvo que llevarse a la boca.
Atorres.
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