Siempre pensé que a medida que la noche avanzaba se iba haciendo más oscura, la luz se iba, y paulatinamente las calles se oscurecían, las sombras se hacían con el poder de las esquinas y las farolas no podían iluminar todo lo que se proponían.
Nunca me gustó la noche, siempre tuve una cierta inquietud hacia lo que es la oscuridad, no es miedo. Inquietud porque no se nunca lo que se esconde en ese negro espeso, lo que si se es que la penumbra no van a traer nada bueno.
Todas las noches ocurre lo mismo, mi calle se vuelve naranja y ruidosa, las bestias salen escandalosamente perturbando los sueños de los que duermen y malduermen, cualquier ruido se transforma en un estruendo que muere de la misma manera que nace, con un descuido precipitado.
Si esa noche la hubiese pasado en la calle o hubiese estado presente seguramente no habría impedido lo que pasó, pero no por mi egoísmo, sino por el pánico que me petrifica. Me conozco muy bien, puede que no me de miedo enfrentarme a ciertas cosas pero no me puedo enfrentar a la oscuridad y a todo lo que acarrea.
Desperté como de costumbre, con una violenta incorporación y la respiración entrecortada. Por mi ventana cerrada y con la persiana bajada se filtraron unos gritos desesperados, alguien pedía socorro. Me imaginé a una mujer huyendo, vestida con un abrigo largo y tacones, rubia, es decir una mujer en apuros muy a lo Alfred Hitchcock. Los tacones repiqueteaban contra el suelo hasta que sentí sus gritos y su respiración que se acompasó con la mia, bajo mi ventana. Seguramente tendría el maquillaje emborronado, los ojos ennegrecidos y rojos, las medias rotas y los pies doloridos.
Una risa lejana se escuchó, me quedé aterrada abrazando a la almohada sin querer abrir la persiana. La risa casa vez estaba más próxima y deseé que no llegase hasta la mujer, sus pasos estaban más cerca y la mujer cada vez respiraba menos, para que él no se diese cuenta de dónde estaba. En mi imaginación se materializó un hombre harapiento, seguramente armado con un cuchillo o una navaja y al verla tan ataviada con sus joyas fue a por ella.
Pero la situación que tenía en mente se desvaneció cuando él la hizo un reproche parecido a "yo te quería". Una frase cursilona, empalagosa, falsa y ebria, fue más bien un balbuceo. Ella rompió a llorar escandalosamente y seguido se escuchó un golpe y un cuerpo estampándose contra el suelo.
No subí la persiana.
Se escucharon los sollozos de ella y el paso acelerado de él alejándose.
Esa noche nadie ayudó, nadie estaba en la calle, seguramente mucha gente escuchó lo ocurrido y supieron lo que pasaba en la, pero nadie hicimos nada, nos quedamos parapetados tras nuestras persianas.
Siempre creí que la noche era más oscura a medida que pasaban las horas, pero en realidad lo oscuro es el corazón de las personas que pasan por ella, siempre despiertas. Como búhos esperando a que ocurra algo para no perder ripio, pero que todo quede en secreto dentro de sus oscuros corazones siempre inertes, siempre pasivos, siempre inmutables.
ATorrres.
Nunca me gustó la noche, siempre tuve una cierta inquietud hacia lo que es la oscuridad, no es miedo. Inquietud porque no se nunca lo que se esconde en ese negro espeso, lo que si se es que la penumbra no van a traer nada bueno.
Todas las noches ocurre lo mismo, mi calle se vuelve naranja y ruidosa, las bestias salen escandalosamente perturbando los sueños de los que duermen y malduermen, cualquier ruido se transforma en un estruendo que muere de la misma manera que nace, con un descuido precipitado.
Si esa noche la hubiese pasado en la calle o hubiese estado presente seguramente no habría impedido lo que pasó, pero no por mi egoísmo, sino por el pánico que me petrifica. Me conozco muy bien, puede que no me de miedo enfrentarme a ciertas cosas pero no me puedo enfrentar a la oscuridad y a todo lo que acarrea.
Desperté como de costumbre, con una violenta incorporación y la respiración entrecortada. Por mi ventana cerrada y con la persiana bajada se filtraron unos gritos desesperados, alguien pedía socorro. Me imaginé a una mujer huyendo, vestida con un abrigo largo y tacones, rubia, es decir una mujer en apuros muy a lo Alfred Hitchcock. Los tacones repiqueteaban contra el suelo hasta que sentí sus gritos y su respiración que se acompasó con la mia, bajo mi ventana. Seguramente tendría el maquillaje emborronado, los ojos ennegrecidos y rojos, las medias rotas y los pies doloridos.
Una risa lejana se escuchó, me quedé aterrada abrazando a la almohada sin querer abrir la persiana. La risa casa vez estaba más próxima y deseé que no llegase hasta la mujer, sus pasos estaban más cerca y la mujer cada vez respiraba menos, para que él no se diese cuenta de dónde estaba. En mi imaginación se materializó un hombre harapiento, seguramente armado con un cuchillo o una navaja y al verla tan ataviada con sus joyas fue a por ella.
Pero la situación que tenía en mente se desvaneció cuando él la hizo un reproche parecido a "yo te quería". Una frase cursilona, empalagosa, falsa y ebria, fue más bien un balbuceo. Ella rompió a llorar escandalosamente y seguido se escuchó un golpe y un cuerpo estampándose contra el suelo.
No subí la persiana.
Se escucharon los sollozos de ella y el paso acelerado de él alejándose.
Esa noche nadie ayudó, nadie estaba en la calle, seguramente mucha gente escuchó lo ocurrido y supieron lo que pasaba en la, pero nadie hicimos nada, nos quedamos parapetados tras nuestras persianas.
Siempre creí que la noche era más oscura a medida que pasaban las horas, pero en realidad lo oscuro es el corazón de las personas que pasan por ella, siempre despiertas. Como búhos esperando a que ocurra algo para no perder ripio, pero que todo quede en secreto dentro de sus oscuros corazones siempre inertes, siempre pasivos, siempre inmutables.
ATorrres.
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